Abro la guantera del coche y allí está la llave. Es una llave de forja grande y pesada, la llave de la casa del pueblo, la sopeso, arranco el coche y subo el puerto. Voy a volver.
Aquella mañana, mientras bebía una cerveza frente al mar, lo pensé. Mi vida era prestada, vacaciones prestadas en la casa de mi amiga Cinta en Cambrils. Vivía de prestado, de los amigos, esperando que escampara, a que la suerte me sonriera y me devolviera lo que me quitó. Pero la vida no es así, es otra cosa impredecible.
Al entrar al pueblo la tormenta ya ha pasado y todo está reluciente, recién lavado, el agua corriendo despacio por las calles llevándose los restos del granizo.

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