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José Luis se levantó a las ocho, era su último domingo de vacaciones, se preparó un café y un sándwich, se puso sus zapatillas nuevas para andar por el monte, unas Salomon que se compró por 40 € en las rebajas. Por fin había decidido hacer algo después de una semana en el pueblo cavilando.
No sabía adónde ir, empezó atravesando las calles Raballa y Mayor por los callizos, buscando la sombra, pues el sol de la mañana pegaba fuerte. De pronto se encontró al lado del riachuelo, encima de la fuente de San Juan, entonces decidió ir al Cid por la calle Santa Bárbara hasta el Calvario.
Todavía cantaban los gallos por los corrales del barrio de la Costera. Quería estar solo, llevaba una semana en casa de su madre y su mujer ya no le aguanta, esta como ausente y en plan muy borde. Solo hacía pensar, darle vueltas al mismo tema buscando una solución y los días pasaban y al llegar septiembre sabía que todo se vendría abajo, ya no podía seguir.
El camino está asfaltado y sus Salomon nuevas le sientan como un guante, corre una suave brisa y después de mucho tiempo se siente feliz. Ahora saca su iPad y escucha a Pat Metheny, se lo bajó antes de vacaciones pensando que sería perfecto para caminar. No quiere pensar en nada, solo el camino.
Mira el paisaje y le sorprende verlo como si fuera la primera vez, cuántas paredes de piedra seca al lado del camino, cuánto trabajo pasado para arañar a la montaña árida unos metros de tierra de cultivo, cuánta miseria, pero cuánta dignidad y cabezonería por resistir.
Ya se ve el peirón de Santiago subiendo la cuesta y al llegar arriba y al ver la ermita, se le encoge el corazón. José Luis no es creyente, bueno digamos que no se ha propuesto creer en una religión. En su vida nunca le ha pedido nada a Dios o algo parecido, no ha sido necesario, todo le ha salido bien. Bueno, hasta ahora que siente cómo se hunde el mundo.
Al llegar a la ermita recuerda cuando era pequeño, de monaguillo en la procesión del Cid, cómo toda la gente del pueblo acudía a pasar el día y cada familia ocupaba su lugar para comer y ponían sus mantas en el suelo alrededor de la ermita. Sin pensarlo rezó un avemaría y tocó la pared. Luego bajó a la fuente a comerse el sándwich.
No está cansado, mira la loma y sube por la senda de la Cueva de los Moros, pone mucho cuidado en las piedras sueltas, pero sus Salomon no resbalan, enseguida llega arriba. José Luis va caminando por la loma hasta el puntal, aparecen los restos del poblado íbero, a su derecha el aljibe excavado en la roca, y a los lados los restos de la fortificación. Da un salto y pasa a la roca del puntal, se asoma al vacío y abajo ve el Tótem, la gran piedra clavada en el suelo.
Siente vértigo... Quizá estoy aprendiendo a vivir... piensa.